Había un viaje que llevábamos planeando desde hacía tiempo. Y, por fin, ese día llegó, volábamos a Tromsø, en el norte de Noruega, mi compañera de aventuras AR y yo a un viaje organizado por nosotras para capturar las auroras boreales.
Este era un viaje de autor, lo organizamos nosotras mismas, ruta, alojamientos y coche incluidos, buscando alejarnos de las zonas más turísticas. El camino que de verdad merece la pena cuando lo que buscas es el norte de Noruega en su versión más auténtica.
Y este año la naturaleza decidió ponerse de nuestro lado. La actividad solar ha estado especialmente alta, y eso significa una sola cosa para quienes perseguimos el cielo nocturno, auroras boreales más intensas, más frecuentes y más espectaculares de lo habitual.
La primera aurora, vista desde el avión
No tuvimos ni que esperar a aterrizar. Ya en el mismo vuelo a Tromsø, el piloto anunció por megafonía que se podían ver auroras boreales por las ventanillas. El avión entero estalló en una emoción colectiva difícil de describir, gente incorporándose, susurros de asombro, móviles pegados al cristal.
Cuando me llegó el turno de mirar por la ventanilla, no pude contener las lágrimas. Ahí estaba, esa danza de luz verde que tantas veces había visto en fotografías y que ahora tenía delante, real, moviéndose. Pocas veces una imagen me ha emocionado tanto.

Buscando el coche
Ya en tierra, con la adrenalina todavía a flor de piel, tocaba encontrar el coche de alquiler. Esta vez usamos Getaround, una app de alquiler entre particulares, los coches son de dueños locales, y están perfectamente equipados para la nieve.
El dilema fue casi cómico, teníamos que localizar el coche en un aparcamiento cubierto de nieve, cargar las maletas... y justo encima de nosotros la aurora seguía bailando sin parar, pidiendo a gritos ser fotografiada. Entre las ganas de sacar la cámara y la necesidad de resolver la logística, no sabíamos hacia dónde tirar.
Conseguimos salir del parking con mucho cuidado. Nunca había conducido sobre nieve y reconozco que los nervios estaban ahí, pero los neumáticos del coche estaban perfectamente preparados para esas condiciones y, en cuanto cogí el ritmo, no resultó tan complicado. Eso sí, una lección que aprendí rápido es que frenar de golpe sobre nieve no es buena idea, así que toda maniobra brusca queda descartada en este tipo de carreteras.
Camino a Sommarøy: parar era obligatorio
Con el coche ya en marcha, pusimos rumbo a Sommarøy, donde íbamos a pasar la primera noche. Pero avanzar en línea recta era casi imposible, el cielo estaba completamente despejado y la aurora ocupaba todo el firmamento, de horizonte a horizonte. Nos paramos un par de veces en el camino, incapaces de resistirnos.
El problema, cuando la aurora está así de activa, no es encontrar dónde disparar, sino decidir hacia dónde no mirar. Para poder disfrutarla de verdad sin perderme nada, compuse el encuadre y dejé la cámara disparando en continuo, pensado para montar después un timelapse. Así podía sentarme, mirar al cielo con mis propios ojos y dejar que fuera la cámara la que no se perdiera ni un solo movimiento.

Por qué el ojo no ve lo que ve la cámara
Esta era, en realidad, mi segunda visita al norte de Noruega, y hay algo que me sigue sorprendiendo, a simple vista, de noche, el ojo humano no percibe el verde intenso que vemos en las fotografías. Esto ocurre porque en condiciones de muy poca luz nuestra visión depende sobre todo de los bastones de la retina, células muy sensibles al brillo pero casi ciegas al color; los conos, responsables de distinguir colores, necesitan bastante más luz para activarse. Por eso, a simple vista, una aurora suele verse como un velo blanquecino o gris verdoso en movimiento. La cámara, en cambio, con exposiciones de varios segundos, va acumulando luz hasta revelar el verde real de la aurora.
Sommarøy: cruzando el puente hacia la isla
Por fin llegamos a Sommarøy, cruzando un puente precioso que conecta la isla con tierra firme. Nos alojamos en el 69Nord Sommarøy Outdoor Center, un airbnb muy cómodo y con unas vistas impresionantes. Dejamos el equipaje sin apenas deshacer las maletas y le dije a mi compañera que iba a aprovechar aquella noche despejada, porque nunca se sabe cómo va a estar el cielo los días siguientes.
La gran ventaja de esta isla es su geografía: en apenas dos minutos puedes moverte de mirar al norte a mirar al sur, según de qué lado estuviera la aurora más intensa en cada momento. Con el mismo método de timelapse, disparo tras disparo, conseguí capturar toda la actividad de esa noche, que fue extraordinaria.
Algunos consejos (tips) de esta primera etapa
- Deja la cámara trabajando y disfruta con tus propios ojos. Un intervalómetro o el modo de disparo continuo te permite montar después un timelapse sin perderte el espectáculo en vivo.
- No te fíes de lo que ven tus ojos para juzgar la intensidad. Si el cielo se ve gris verdoso y en movimiento, probablemente hay más aurora de la que crees, comprueba con la cámara o incluso con el móvil.
- Elige un alojamiento con cielos en varias direcciones. Poder moverte en minutos de un horizonte a otro (como en Sommarøy) multiplica tus opciones cuando la aurora se desplaza.
- Sal siempre que el cielo esté despejado, aunque estés cansada del viaje. En el norte de Noruega nunca sabes si vas a tener otra noche igual de clara.
- Viajar por libre, fuera de las rutas turísticas, tiene su recompensa. Cuesta más organización, pero te regala momentos como este, casi en soledad frente al cielo.
En la próxima entrada: los días siguientes en Senjahopen, la búsqueda de nuevas localizaciones y cómo celebramos mi cumpleaños.